domingo, abril 16, 2006

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Creo que parte de esto, de lo que hemos dado por llamar vida es sabernos capaces de tener miedo de morirnos sin sentir vergüenza.
Pero… qué pasa cuando los miedos que tenemos como parte integral de los poros se nos escapan, se corren sin avisar y de pronto nos damos cuenta que lo unico que nos revienta es no habernos enterado que ya no sentimos miedo, es también sabernos o por lo menos intuirnos… ya estamos muertos.
Entonces… podemos asistir a un baño, a bañarnos cuidadosamente-cuidando no dejar la jabonera llena de agua, sin atrevernos a mear en nuestra propia ducha sin cuestionarnos el disfrute del agua caliente que nos hierve el cuero cabelludo, para después, cerrar la llave de agua (ambas en realidad) y poder tiritar un poquito mientras la piel se hace cordilera de gallina-mentras salimos colocandonos la bata pequeña, quizá demasiado blanca que está ahí colgada sin que se sepa exactamente de quién es.
Salgo solo, al fin (por lo que ahora dependen de mi deseo de decir la verdad o no) y me siento frente al espejo para peinar mi larga confusión, jugueteando, insistiendo en juguetear con ese pequeño y frio objeto de metal que ni se imaginan que puede ser.
Sigo peinandome, mis manos están maravillosamente palidas y de pronto, para complicar un poco más el juego, clavo los dientes de la peinilla negra en el centro de mi confusión, tomo con la mano izquierda lo que guardo en la otra, mientras dibujo una trenza con la mirada, llevandome a toda velocidad el arma a la sien, a la boca, al cuello.
La bata está manchada de rojo, igual que mis manos y un poquito de la nariz.
Aquí empieza todo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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